El verdadero empleo de la riqueza
Una reflexión espiritual sobre servir a Dios y no a Mamón
En el capítulo XIV del Evangelio según el Espiritismo, se presenta una enseñanza profunda sobre la relación del ser humano con la riqueza. Jesús expresó una advertencia clara y contundente: “No podéis servir a Dios y a Mamón”. Con estas palabras nos invita a reflexionar sobre el lugar que ocupan los bienes materiales en nuestra vida y sobre el uso que hacemos de ellos.
La riqueza, en sí misma, no constituye un mal. No es el oro ni los bienes materiales lo que aleja al ser humano de Dios. Lo que puede convertirse en obstáculo es el apego desmedido, el orgullo que genera y la ilusión de superioridad que algunos creen obtener a través de ella.
Cuando el corazón se somete al dominio de la codicia, el espíritu pierde de vista su verdadero destino. El amor al oro puede llegar a dominar el alma hasta el punto de que la persona olvida que todo lo que posee le ha sido confiado como un medio de progreso y de servicio, no como un instrumento de egoísmo.
El mensaje espiritual nos recuerda que llegará el momento en que cada uno deberá responder ante Dios por el uso que hizo de aquello que recibió. Entonces la pregunta será inevitable:
¿Qué hiciste con los bienes que te confié?
La riqueza como instrumento del bien
La enseñanza espírita ofrece una respuesta clara a la pregunta sobre el mejor empleo de la riqueza. El secreto está contenido en una frase simple y profunda:
“Amaos los unos a los otros.”
Cuando el amor al prójimo guía nuestras acciones, la manera correcta de utilizar los recursos se vuelve evidente. La riqueza deja de ser un símbolo de poder personal y se transforma en una herramienta para aliviar el sufrimiento, promover el bien y elevar a los demás.
Sin embargo, la verdadera caridad no consiste en arrojar las sobras de una vida cómoda para tranquilizar la conciencia. La caridad que agrada a Dios es aquella que nace del corazón y que busca al necesitado para ayudarlo sin humillarlo ni hacerlo sentir inferior.
Dar lo que sobra es fácil.
Pero el Evangelio nos invita a ir más allá: dar también algo de aquello que creemos necesitar.
La caridad inteligente
El Espíritu Cheverus, en una comunicación dada en Burdeos en 1861, enseña que la caridad debe ser acompañada por la sabiduría. No se trata solo de entregar una limosna, sino de comprender las causas del sufrimiento humano.
Antes de ayudar materialmente, muchas veces es necesario:
- Consolar al que sufre
- Comprender el origen de su dificultad
- Orientar con consejos
- Estimular el trabajo
- ofrecer afecto y apoyo moral
En muchas ocasiones, un gesto de comprensión o una palabra de esperanza puede ser más valioso que una ayuda material pasajera.
La verdadera caridad no se limita al dinero. También existen otras riquezas que deben ser compartidas.
Las riquezas del espíritu
No todos poseen bienes materiales, pero todos poseen algún tipo de riqueza que puede beneficiar a los demás.
El conocimiento es una riqueza.
La inteligencia es una riqueza.
La experiencia es una riqueza.
El amor es una riqueza.
Quien comparte lo que sabe ilumina el camino de otros.
Quien ofrece consuelo fortalece a quien sufre.
Quien siembra amor multiplica esperanza.
Por eso el Evangelio nos invita a esparcir alrededor nuestro los tesoros de la instrucción, del trabajo y del amor fraterno.
La inversión que nunca fracasa
En el mundo material, las inversiones pueden perderse. Las riquezas pueden desaparecer, cambiar de manos o dejar de existir.
Pero hay una inversión que jamás fracasa: la de las buenas obras.
Cada acto de amor, cada gesto de ayuda sincera y cada esfuerzo por aliviar el dolor ajeno constituye un tesoro que el espíritu conserva para siempre.
Las riquezas materiales son temporales.
Las riquezas del bien son eternas.
Por eso, el verdadero sabio no pregunta cuánto posee, sino qué está haciendo con aquello que tiene.
Porque al final de nuestra jornada terrenal, lo único que verdaderamente contará será el bien que hayamos sembrado en el corazón de los demás.
Reflexión final
Dios no condena la riqueza.
Lo que juzga es el uso que hacemos de ella.
Cuando los bienes materiales se convierten en instrumentos de egoísmo, nos esclavizan.
Cuando se transforman en herramientas de amor, se convierten en instrumentos de evolución espiritual.
Servir a Dios no significa renunciar al mundo, sino aprender a vivir en él con desprendimiento, fraternidad y responsabilidad.
Porque, en última instancia, la riqueza más grande que podemos acumular no está en la tierra.
Está en las obras de amor que acompañarán a nuestro espíritu por toda la eternidad.
Desde el Centro de Enseñanza Espírita Francisco de Asís continuamos promoviendo el estudio y la reflexión sobre las enseñanzas del Evangelio a la luz de la doctrina espírita. Conoce más sobre nuestras actividades y estudios espirituales aquí.
